¡Que sabios son los padres!

Ayer domingo mientras nos comíamos la paella en la alquería, nuestro padre nos advirtió: mañana hará frío y el huerto estará mojado a primera hora. Aprovechad para dormir más. Pero nosotros, como de costumbre, no le hemos hecho caso. ¡Y qué frío hacía esta mañana a las ocho! Efectivamente, el rocío de la noche había mojado totalmente las mandarinas y así no se pueden recoger porque se pudren enseguida. Hemos tenido que esperar a que el viento las secara y hemos aprovechado para ir al bar Centro, donde nuestra tía Carmen hace los mejores almuerzos del mundo.

A las diez ya nos hemos podido empezar a recolectar. Hemos revisado la lista de pedidos y hemos calculado los kilos que necesitábamos. Siempre cogemos algo más por si hay encargos de última hora y también porque hay mandarinas que desechamos. ¡Sólo enviamos las más bonitas!

Para recolectar nos ponemos guantes y usamos tenazas. Esto hace el proceso un poco más lento, pero es más respetuoso con el árbol, que al final son nuestro tesoro. Nuestro padre nos ha delimitado qué árboles están más maduros para empezar a recolectar. Una vez te pones, el tiempo pasa rápido: ¡chas !, ¡chas! Y vas llenando los cajones.

Nuestro padre mueve la cabeza desde la acequia. Seguro que piensa que él a nuestra edad recolectaba más rápido. Cuando ya están llenos los cajones vertemos las mandarinas en una gran mesa de madera y descartamos las que son demasiado pequeñas o tienen alguna marca, esas nos las quedamos para casa. Nuestro padre, que es el que tiene mejor ojo, descarta las que no le gustan y nosotros encajamos el resto y vamos colocando las tarjetas de descuento.

Hacia el mediodía nos llama el transportista. Quiere saber a qué hora puede venir. Hoy a las dos lo tendremos todo a punto. «Me hacéis trabajar mucho!», siempre dice riéndose. Con el trabajo realizado es hora de ir a comer. Os hemos dicho que nuestra tía Carmen hace las mejores paellas de leña? Bueno, sólo superadas por las de nuestro padre, claro.