La agricultura se inventó porque en el mundo hay rincones como el que hoy ocupa el término de Burriana, con un clima ideal, una tierra rica en sedimentos y regada por un río como el el Mijares.

Aquel territorio, pues, estaba predestinado a ser huerta, y los que mejor lo entendieron fueron los árabes, que la convirtieron en un intrincado laberinto de acequias de agua que aún hoy funcionan como arterias que dan vida a un cuerpo. La conciencia de la tierra es aquí tan fuerte que cuando la revolución industrial enseñó la cabeza, con sus fábricas, horarios, rutinas, jerarquías y promesas de ingresos fijos, los orgullosos burrianenses le enseñaron el camino de salida hacia la vecina Villarreal. Los burrianenses velaban así su estilo de vida basado en una concepción radical de la libertad individual.

En aquella época, antes y después de la guerra, Burriana ya era la principal capital naranjera de las comarcas de Castellón y uno de los grandes núcleos productores valencianos. A finales de los XVIII, según el famoso botánico Cavanilles, ya había naranjos en el triángulo formado por Burriana, Villarreal y Almazora. El introductor del cultivo, Polo de Bernabé, se hizo construir una gran alquería que después se convertiría en un palacio renacentista en medio de los huertos con piezas traídas de media Europa.

En Burriana una nueva hornada de pioneros, los comerciantes, llevaron sus naranjas a la Europa del norte y, con el dinero obtenido, se hicieron construir impresionantes casalicios modernistas. Hoy en día Burriana, víctima de la crisis general de la agricultura, intenta recuperar el esplendor perdido reivindicando la calidad de unas naranjas y mandarinas únicas en el mundo.